domingo 25 de septiembre de 2022
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CARTA ABIERTA A LA GOBERNADORA Y EL PODER JUDICIAL

La Diócesis de Bariloche expresó su preocupación por la situación de los internos del Penal 3

La Diócesis de Bariloche expresó su preocupación por la situación de los internos del Penal 3
domingo 17 de julio de 2022

Los miembros del Equipo de Pastoral Social de la diócesis de San Carlos de Bariloche nos dirigimos a la señora gobernadora y a las autoridades del Poder Judicial de Río Negro con el propósito de expresar nuestra preocupación por el estado de la unidad penitenciaria de esta ciudad, el Establecimiento de Ejecución Penal nro. 3, el cual es hoy un buen ejemplo de desprecio sobre la vida humana.

La situación de encierro que vive aquella persona que ha cometido un delito -así se trate de un hecho aberrante- se debe cuidar para promover su dignidad, para que descubra el valor de una vida honesta y responsable, y darle la posibilidad de concretarla. Lamentablemente, gran parte de nuestra sociedad considera que la privación de la libertad debe ser humillante y dolorosa, más asociada a una venganza que a una reparación del daño cometido.

“Qué se pudra en la cárcel” suele escucharse y leerse, pero la experiencia demuestra que ese primer impulso de buscar justicia a través de la violencia no repara la angustia de la víctima; al contrario, en muchos casos la fortalece y la extiende en el tiempo.

El artículo 23 de nuestra Constitución provincial expresa claramente: “…Las cárceles tienen por objeto la seguridad pública y no la mortificación de los internados; son sanas y limpias y constituyen centros de enseñanza, readaptación y trabajo. La reglamentación permite visitas privadas con el fin de no alterar el mundo afectivo y familiar, y ayudar a la recuperación integral del detenido. Todo rigor innecesario hace responsables a quienes lo autorizan, aplican, consienten o no lo denuncian.”

Es rigor innecesario que hoy muchos detenidos tengan que dormir sentados en el piso, o no salir al patio por semanas por la falta de lugar dada la sobrepoblación. Estamos hablando de un edificio que fue construido hace cincuenta años como hogar de ancianos, sin espacios adecuados para el encierro de personas.  Reforzar muros y colocar rejas fue lo único que se hizo para poder convertirlo en cárcel, con una capacidad para 94 internos.  Hoy hay 158 entre procesados y condenados que conviven en condiciones de hacinamiento extremo.
Es rigor innecesario que el personal del Servicio Penitenciario deba trabajar expuesto a la violencia cotidiana que los conflictos de un entorno y un tratamiento inhumano provocan.

Considerando el artículo 23, ¿quiénes son los responsables de estos “rigores innecesarios” vigentes? ¿El Poder Ejecutivo, con su ausencia ante el justo reclamo de respetar la dignidad de quienes conviven en una cárcel? ¿El Poder Judicial, con su indiferencia ante el cuidado de las personas que ordena encerrar?  Sin políticas claras y audaces, que no dependan de las encuestas ni del pésimo tratamiento que hacen algunos medios sobre la inseguridad social, es imposible que este sistema carcelario ayude a la recuperación de quienes cumplen una condena.

Y sin un programa económico que tenga en el centro al ser humano, privilegiando a los más vulnerables y excluidos, los centros penitenciarios seguirán siendo depósitos para abandonar allí las vidas de quienes no tuvieron oportunidades, o la calle fue su familia y escuela, o fueron víctimas de abusos que destruyeron sus infancias, o solo conocieron la violencia como respuesta ante su pedido de comida y abrigo…

Como cristianos, cuando Jesús nos pregunta en el Evangelio si dimos de comer, de beber, o si vestimos la desnudez de nuestros hermanos más necesitados (Mateo 25), entendemos que clama por necesidades básicas impostergables.  Pero también nos consulta si visitamos a quienes están en la cárcel, porque no podemos abandonarlos bajo la excusa del castigo que merecen; al contrario, su recuperación depende en gran parte del cuidado que les brindemos como comunidad que aprendió que la paz nunca surge de la violencia, la revancha, el rencor o la humillación.  Nuestra posición no es ingenua; guardamos la experiencia de un sinnúmero de historias personales donde se logró la recuperación cuando el acompañamiento fue concreto, respetuoso y paciente, aún frente a conductas destructivas.

Esperamos y confiamos en que esta reflexión lleve a las autoridades de Río Negro, con una sensibilidad humanista y no pendiente de la presión pública, a buscar de forma urgente una solución eficaz y duradera a esta negligencia en el ámbito penitenciario.  Desde ya, muchas gracias por recibir y leer este mensaje.

Equipo de Pastoral Social, Diócesis de S. C. de Bariloche

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