Pedro Smekal, el guardián de los tulipanes que llenó de color la Península San Pedro

En “Descubriendo Bariloche”, Anabella Marrapodi recuerda a Pedro Smekal, creador de la Chacra Danubio, cuyo legado florece cada primavera en la Península San Pedro.
viernes 07 de noviembre de 2025

En una nueva entrega del segmento “Descubriendo Bariloche”, dentro del programa Ideas Circulares, Anabella Marrapodi recuerda la vida de Pedro Smekal, creador de la Chacra Danubio y símbolo del amor por la tierra en la Península San Pedro, donde cada primavera florecen miles de tulipanes que aún mantienen viva su huella en Bariloche.

En memoria de Pedro Smekal, el guardián de los tulipanes de Bariloche

En el corazón de la Península San Pedro, florece cada primavera un espectáculo que parece sacado de un cuento: miles de tulipanes abren sus pétalos bajo el sol patagónico. Ese paisaje único lleva la huella de Pedro Smekal, quien falleció esta semana a los 79 años y dejó como legado un rincón de belleza, trabajo y perseverancia: la Chacra Danubio.

Durante décadas, su campo fue punto de encuentro para vecinos, turistas y fotógrafos que llegaban atraídos por los colores y la paz del lugar. Con paciencia y amor por la tierra, Pedro transformó un terreno mallinoso en un jardín de fama regional, convirtiéndose en el productor de tulipanes más antiguo de Sudamérica.

De Salzburgo a la Patagonia

Pedro Smekal nació en 1946 cerca de Salzburgo, Austria, y llegó a la Argentina con su familia en 1948, cuando apenas tenía dos años. Las heridas de la guerra y la hambruna empujaron a sus padres a buscar un nuevo destino. Se crió en Monte Grande, provincia de Buenos Aires, y desde niño pasaba los veranos en Bariloche, adonde viajaban por primera vez en 1956 atraídos por los afiches de la ciudad que su padre vio en la estación Constitución.

Aquel primer viaje fue toda una aventura: la familia recorrió parte del país en una motoneta Siambretta, acampando donde los sorprendía la noche. Desde entonces, Bariloche quedó grabada en su corazón.

En 1964, luego de terminar el secundario en Adrogué, Pedro decidió radicarse definitivamente en la ciudad. Con el tiempo, la familia compró un terreno en la Península San Pedro y se dedicó a criar gallinas y recolectar hongos de pino. Pero el destino de Pedro estaba en las flores.

El viaje que cambió su vida

A los 24 años, su padre lo envió a Holanda para que aprendiera los secretos del cultivo de tulipanes. Allí trabajó con un exportador durante seis semanas y conoció las técnicas sanitarias y los cuidados que hacen de los Países Bajos el centro mundial del tulipán.

Jamás pensé en quedarme a vivir en Europa; mi lugar estaba en Bariloche”, recordaría años más tarde. Su amor por las flores venía de antes: su abuela Guillermina había tenido un jardín con casi dos mil tulipanes cerca de Viena y le había enseñado en latín los nombres de cada variedad.

De regreso en la Patagonia, aplicó lo aprendido y comenzó a soñar con llenar su chacra de colores.

El nacimiento de la Chacra Danubio

La familia Smekal adquirió su primera fracción de tierra en 1960 y, con los años, completó lo que hoy se conoce como Chacra Danubio. En sus comienzos fue una granja de gallinas, pero Pedro decidió dedicar su vida al cultivo de flores. A fines de los 60 plantó los primeros bulbos traídos desde Holanda y descubrió que la humedad del suelo mallinoso era ideal.

No hay que regar, solo controlar el nivel de agua”, solía decir con simpleza. Así, cada primavera el campo se cubría de tulipanes amarillos, rojos, blancos, naranjas, violetas y hasta negros, formando hileras que parecían pinceladas sobre la tierra.

Durante años, la chacra permaneció cerrada al público. Solo en tiempos recientes Pedro decidió abrirla, recibiendo a visitantes con la misma serenidad con la que hablaba de sus plantas. Para muchos, conocerlo era tan especial como contemplar el paisaje que había creado.

Pedro conocía cada secreto del cultivo de bulbosas. En su chacra no solo crecían tulipanes, sino también jacintos, narcisos, lirios, crocos y peonías. “En una hora puedo plantar ochocientos bulbos”, contaba con orgullo.

El proceso era completamente manual y seguía el ritmo de las estaciones: se plantaban en abril, florecían en octubre y se secaban en diciembre, momento en que se cosechaban los bulbos. Luego se vendían a distintas provincias —Calafate, Ushuaia, Comodoro Rivadavia o Bahía Blanca— manteniendo viva la tradición.

Aunque solía trabajar en soledad, en los últimos años buscaba que su hijo Martín, de 22 años, continuara el oficio. “Gracias a las plantas pude sacar adelante a mi familia. Mis hijos pudieron estudiar, y con eso me doy por hecho”, decía con la humildad que lo caracterizaba.

Reconocimientos y afecto

Su constancia no pasó desapercibida. En 2020, la senadora rionegrina Silvina García Larraburu le entregó un Diploma de Honor del Senado, destacando su ejemplo de vida, esfuerzo y dedicación. Pero su mayor reconocimiento fue, sin duda, el cariño de quienes lo visitaban cada año.

Vecinos y turistas lo recuerdan como un hombre amable y silencioso. Liliana Cingolani, quien trabajó por muchos años en el Hotel Edelweiss, contó: “Nos traía los tulipanes para los ramitos del Día de la Madre. ¡Nunca nos falló!”.

Desde Chile, Marcia Andreav relató: “Llegué sin querer a ese lugar mágico. Pedro es un caballero admirable, de gran respeto y conocimiento”.

Su hija lo homenajeó con ternura: “Mi padre me enseñó sobre trabajo, paciencia y constancia; a disfrutar de la naturaleza y lo simple. Hoy lo celebro y admiro”.

El simbolismo detrás de la flor

La palabra tulipán proviene del turco tülbend y del persa dulband, que significan “turbante”, por la forma de la flor al cerrarse. Originarios de Asia Central, los tulipanes fueron cultivados por primera vez en el Imperio Otomano y luego llevados a Europa en el siglo XVI.

En el siglo XVII, los Países Bajos vivieron la célebre “tulipomanía”, una fiebre especulativa en la que los bulbos llegaron a costar lo mismo que una casa. A pesar de la crisis que siguió, el episodio consolidó a Holanda como centro mundial del cultivo. Hoy produce el 87 % de los tulipanes del planeta.

Lejos de los canales holandeses, Pedro Smekal encontró su propio paraíso entre montañas y lagos. Cada año, al florecer los tulipanes de la Chacra Danubio, renueva su legado y su promesa de belleza efímera.

 Un legado que florece

En Bariloche, lejos de los canales holandeses, Pedro Smekal encontró su propio paraíso 
entre las montañas y los lagos. Allí, cada primavera, los tulipanes de la Chacra Danubio 
renuevan su ciclo y su promesa de belleza efímera.

Y Pedro, entre los surcos de colores, fue durante más de 60 años el guardián silencioso de ese milagro floral patagónico.

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