Casa La Gloria: historia, legado y presente de un emblema cultural de Bariloche
En una nueva entrega del segmento "Descubriendo Bariloche", dentro del programa de radio Ideas Circulares, Anabella Marrapodi nos invita a recorrer la historia de emblemática Casa La Gloria.
Los orígenes: la visión de un escultor
Enclavada en un punto estratégico con vista al Nahuel Huapi, Casa La Gloria no es solo una construcción de estilo centroeuropeo: es un símbolo de la historia de San Carlos de Bariloche. Su legado atraviesa distintas generaciones, desde su origen como residencia familiar hasta convertirse en sede de instituciones y, en la actualidad, en un centro cultural que preserva la memoria local mientras proyecta nuevas expresiones artísticas.
El creador de la casa fue Osvaldo Lauersdorf, nacido en Rosario en 1895 en el seno de una familia de inmigrantes alemanes. Formado en la Real Academia de Roma y en Viena, obtuvo en 1933 su diploma en escultura. En 1920 llegó por primera vez a Bariloche y, fascinado por el paisaje, adquirió tierras al señor Oscar Runge. Allí levantaría su residencia de descanso entre 1920 y 1924, acompañada por una pileta, la casa del cuidador y un parque con pinos, cedros y nogales.
Los materiales principales llegaron desde Rosario, mientras que la piedra y la madera fueron extraídas de la zona. El transporte se realizaba en tren hasta Pilcaniyeu —que por entonces era “punta de rieles”— y luego en automóvil hasta el pequeño poblado cordillerano. El artista, que residía entre Europa y la Argentina, combinó su bagaje académico con una profunda sensibilidad estética, dejando una impronta que hoy sigue siendo reconocida.
Un nombre con raíces familiares
La casa fue bautizada “La Gloria” en honor a la hija del escultor, Gloria. Aunque existen relatos románticos que sugieren que el nombre nació de la expresión del artista al contemplar el paisaje, sus descendientes aseguran que fue un gesto íntimo y familiar. Ese vínculo emocional se mantuvo vivo a lo largo de los años y aún hoy el nombre conserva la fuerza de una herencia afectiva.
El edificio, de 420 metros cuadrados cubiertos, fue concebido como refugio familiar y muestra un marcado estilo centroeuropeo con detalles normandos. Se destacan sus techos a cuatro aguas, balcones triangulares y una torrecilla que originalmente funcionaba como cuarto de juegos, con cuatro pequeñas ventanas.
El parque que rodea la residencia sumaba encanto a la propuesta. Una versión sostenía que había sido diseñado por un paisajista japonés de apellido Hueda, aunque sus familiares aclaran que se trataba de un jardinero que trabajaba para la familia, un inmigrante que llegó misteriosamente durante la Segunda Guerra Mundial y que incluso llegó a instalar una casa de té en la ciudad antes de desaparecer también de manera enigmática.
Los distintos usos de La Gloria
En sus primeros años, la casa fue residencia particular de la familia Lauersdorf hasta 1945. Posteriormente, pasó a manos del sindicato docente OSPLAD, que la administró durante varias décadas. Más tarde, la Universidad Nacional de Río Negro (UNRN) firmó un comodato en 2014 para utilizarla como sede del Instituto de Investigaciones en Recursos Naturales, Agroecología y Desarrollo Rural (IRNAD).
Si bien la UNRN invirtió en reparaciones y la hizo habitable, los problemas estructurales reaparecieron con el tiempo y obligaron a desocuparla. Más recientemente, la casa recobró vida al convertirse en sede del Instituto Arte y Parte, donde funciona un espacio cultural con talleres, música y una tecnicatura superior en música popular. Desde la dirección del instituto remarcan la importancia de mantener abierto este patrimonio para la comunidad.
Con el paso de los años, la historia de La Gloria también acumuló versiones y mitos. Alejandrina, nieta de Osvaldo Lauersdorf, aclaró que el nombre del chalet no proviene de una exclamación artística, sino de su madre Gloria. También desmintió que Hueda fuese un renombrado paisajista, confirmando que era un jardinero japonés empleado por la familia.
Protección legal y valor patrimonial
La residencia está protegida por la Ordenanza Municipal 2148, que prohíbe modificar, transferir o demoler bienes patrimoniales sin autorización. Además, cualquier intervención requiere la aprobación del Ente de Patrimonio y, en algunos casos, de la Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos. Fue declarada Patrimonio Histórico de Bariloche, un reconocimiento a su importancia cultural y arquitectónica como parte de la identidad local.
El legado artístico de Lauersdorf
Más allá de La Gloria, Lauersdorf dejó una huella en distintas obras: el Monumento a Hipólito Yrigoyen en Buenos Aires, la escultura “Quirón y Aquiles” que obtuvo el tercer premio en el Salón Nacional en 1937 y que fue adquirida por el Jockey Club de Rosario, y el célebre barco San Michele, una embarcación que se transformó en casa flotante en la Isla Victoria.
El San Michele, activo entre 1952 y 1994, se hundió en Puerto Anchorena y hoy constituye un atractivo para excursiones de buceo. Quienes lo conocieron recuerdan su peculiar diseño y la vida bohemia del artista en esa embarcación.
Una historia novelada: relatos de vida
Entre los testimonios rescatados aparece el de Elisabeth San Juan de Caram, hija de Lina Rickenann, niñera de los hijos de Lauersdorf. Su relato mezcla recuerdos familiares con un tono casi novelado: narra cómo Aurora Terre, esposa del escultor, decidió instalarse en Bariloche con sus hijos y la niñera mientras él continuaba estudios en Europa; cómo la familia de Lina terminó afincándose en la zona y cómo las vidas de ambos linajes se entrelazaron con la historia de la ciudad.
Elisabeth rememora además la vida del artista en el San Michele, su austeridad, su pasión por el arte y la naturaleza, y la relación cercana con su familia, que lo acompañó hasta sus últimos días. Lauersdorf falleció en 1981 en Bariloche, y sus restos descansan en el cementerio municipal.
Presente y futuro de La Gloria
Hoy, Casa La Gloria sigue en pie como un emblema arquitectónico y cultural de Bariloche. Su valor excede la belleza de su diseño: es un testimonio vivo del encuentro entre arte, inmigración, memoria familiar y comunidad. Al transformarse en espacio cultural, se proyecta como un puente entre generaciones, donde la historia se preserva mientras nuevos artistas encuentran inspiración.
“Cuidar La Gloria es cuidar parte de nuestra identidad colectiva. No es solo una casa antigua, es un lugar donde confluyen memorias, aprendizajes y sueños compartidos”, destacan desde la comunidad cultural que la sostiene. (Bariloche Opina)